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Esa foto: Un suelo adoquinado, con esa textura tosca. Aquellos libros abiertos, ofreciéndose. Como ventanas abiertas que igual que dejan entrar, dejan salir. Escapar, ser libres de nuevo o tal vez esperar la entrada de la esperanza, del futuro. La lucha por sobrevivir reflejada en una frágil niña que corre hacia adelante. Atraviesa un camino flanqueado por esa sabiduría que nos hará mejores. Una fotografía tomada en Myanmar el 23 de mayo de 2008, después del terrible ciclón que asoló el país. Seguro que Olivier Laban-Mattei no pensó todo esto antes de encuadrar, componer y disparar, pero es lo que ha conseguido transmitir con su imagen. Ahí está su talento.
Esa foto es la esencia del Visa Pour L’ Image de este año, igual que todas y cada una de las fotos que cuelgan de las paredes de Perpignan. Igual que todas las fotos que se han colgado en los anteriores 21 certámenes que llevan. Esa esencia que radica en cada una de las fotos de forma individual y en todas juntas, como bloque. Es la pulsión colectiva de todos los autores y de todas sus imágenes. No hay festival, no hay premios ni salas de exposiciones, ni jurados. Sólo hay mirada y vida. O muerte. Esperanza o desesperación. Eso es todo. Yo, ya no veo el festival como un conjunto de exposiciones, lo veo como un mensaje: Emisor-mensaje-receptor. Frecuento los tres estados del trinomio. No sé si me expreso con claridad. Disculpad mi torpeza si no lo hago.
Es un alivio no tener que hablar ya (aquí empiezo y concluyo con este tema) de la fotografía digital y clásica, de su divorcio, de la omnipresencia de la fotografía digital, de los móviles, del intrusismo. Es ya una realidad ineludible y es el estado normal del universo fotográfico y fotoperiodístico. Ya no es un tema recurrente. Y si se utiliza como tal resulta aburrido, redundante. Las cosas son ahora como son: fotografía digital al alcance de todo el mundo.
Es un placer, sabiendo ya que el fotoperiodismo no está en crisis, poder hablar de fotografía y punto. De su mensaje global e imprescindible. De cómo aporta su grano de arena para intentar cambiar el mundo a mejor. De ese modo, sobre este año me gustaría destacar, algunos quizá estéis de acuerdo, la obra de William Albert Allard. Una colección de fotografías realizadas durante 50 años. W. A. Allard nos trae una atmósfera y una luz tan cautivadora como los sujetos que encuadra. Es como un lienzo pintado con luz para lo cual se ha utilizado la mirada afilada de un cazador implacable. Disfruté mucho con las caras y personajes fuera de foco, en primer término, colándose en la imagen, de William Klein. Es uno de los rasgos utilizados por los clásicos que más ha influenciado en mi trabajo. Nos estamos acostumbrando ya a la cruda realidad de Walter Astrada, cosa que no le quita mérito a su talento. Al contrario, esa realidad es algo que no debemos olvidar jamás. Después te encuentras con la naturalidad de la otra Nueva York, la que nos enseña Antonio Bolfo. Me sentí atraído, por la parte que me toca, por el trabajo de Cédric Gerbehaye sobre el Río Congo. Como lo hice por “El día que todo cambió…” de Olivier Laban-Mattei. Aunque este año si he de escoger a un autor y a su obra me quedo con Stephanie Sinclair y su “Poligamia en Estados Unidos”. Natural, profunda, ejemplar, depurada, reveladora, cautivadora, técnicamente fabulosa, maravillosa y envidiable (creo que a todos nos gustaría hacer algo parecido, alguna vez, en nuestra carrera). Aunque claro, todo esto es sólo una opinión.
